Emoción y cognición en el aprendizaje:

Las emociones en el aprendizaje son inevitables y el aprendizaje sucede sin querer, en todos los momentos, durante toda la vida.

La habituación es otro de nuestros procesos de aprendizaje, quizás el más profundo, porque ocurre a nivel ya inconsciente. Aprendemos a caminar, a sentarnos, a conducir, a atarnos los cordones, a ver en la TV situaciones que ocurren en este momento y en otro lugar y son tantas las veces que lo hacemos, que nos habituamos, ya no nos emocionamos mientras llevamos a cabo lo aprendido.

La habituación es lo que nos permite dar cada vez un paso más en nuestro proceso de aprendizaje y el motivo por el que somos una especie que vive con metas de autorrealización, lo que buscamos es precisamente emocionarnos con lo que hacemos, cada vez queremos un poco más. Necesitamos habituarnos para avanzar y necesitamos deshabituarnos para comprender.

Niños y adultos, ¿disponemos de los mismos recursos?

Los adultos vivimos de este modo, habituándonos y viendo fácil lo que en realidad ha sido muy difícil de aprender. Los procesos de aprender a andar, a correr, a subir y bajar escaleras, a ver en la TV imágenes de gran dureza sin emocionarnos, a leer, a escribir… quizás hayan sido de los procesos más costosos, tanto en tiempo como en recursos invertidos. Y, sin embargo, una vez somos adultos, nos parecen de lo más normales de hacer.

Para los niños, para las niñas, estos procesos les cuestan, se emocionan con cada descubrimiento, con cada logro… así hasta su vida adulta, momento en el que ya se habitúan y comienza otra nueva generación, normalmente con más contenidos para aprender en el mismo tiempo.

Estas emociones pueden jugar a favor o en contra del aprendizaje, pueden llevar a comportamientos resilientes y proactivos o a comportamientos de disruptividad o depresivos. La diferencia entre mostrar un grupo u otro de comportamientos, tiene mucho que ver con nuestra competencia para regular las emociones y para establecer objetivos realistas. Con la inteligencia emocional y la inteligencia ejecutiva.

La inteligencia emocional nos permite superar estados de frustración, inevitables en todo proceso de aprendizaje, la ejecutiva es la que planifica, dota de recursos a cada subproceso, los sigue, rectifica lo que haga falta y evalúa. La inteligencia ejecutiva es el director de la orquesta en nuestro cerebro, la emocional es la que nos lleva a estar en ese momento allí, aprendiendo, o nos hace huir despavoridos o rebelarnos ante el proceso que se nos exige.

Y la inteligencia ejecutiva no acaba de desarrollarse, como mínimo, hasta pasada la adolescencia. Los estudios neuropsicológicos así lo han demostrado, los últimos incluso llegan a demostrar que no siempre acaba de desarrollarse. De ahí nuestra incomprensión hacia comportamientos infantiles y adolescentes, y algunos adultos, cuando son lo más normal, la naturaleza siempre es sabia.

La naturaleza nos hace vivir sin inteligencia ejecutiva formada y, por tanto, con capacidad limitada de evaluación de la situación, planificación, acción, seguimiento y evaluación por, entre otras (entiendo yo) una razón fundamental: el aprendizaje que hacemos de pequeños lleva consigo tantos riesgos y tantos recursos que esta inteligencia, tras evaluar la situación diría: peligro para la integridad, la mejor opción es la inactividad.

¿De qué nos dota la naturaleza cuando nacemos para adaptarnos al ambiente?

De emociones, básicas, al principio y que se van haciendo complejas conforme crecemos, por mera combinación de esas básicas. Todos los mamíferos nacemos con ese kit emocional, sobre el que ahora hay polémica… ¿Son 4 o son 6?. Paul Ekman encontró en sus estudios 6 emociones básicas: miedo, alegría, asco, ira, tristeza y sorpresa y lo hizo por medio de estudios transculturales y de otros mamíferos. Si compartimos entre culturas y con otros mamíferos estas expresiones, son universales, y por lo tanto forman parte de nuestro equipaje genético. Los nuevos estudios de neurociencias las dejan en 4, poniendo en el mismo grupo a miedo y sorpresa, por un lado, y a ira y asco, por otro.

Esta polémica tampoco es tan importante para nosotros, lo importante es que los bebés nacen con ese kit emocional y son las emociones las que les hacen pararse en seco ante una situación inesperada o las que les llevan a la acción. No existen emociones malas, ni buenas, todas son necesarias para nuestra supervivencia y para vivir de forma plena.

Lo que debemos aprender es a gestionarlas, para llegar a la adolescencia de la mejor forma posible, preparados para el desarrollo de nuestra corteza prefrontal, de nuestra inteligencia ejecutiva.

Si tuviese la oportunidad de ser científica, especializada en neuropsicología, mi hipótesis de trabajo sería “El desarrollo de la corteza prefrontal y, por tanto, de la inteligencia ejecutiva, se encuentra ligado al logro de una regulación emocional adaptativa”.

¿Cómo apoyar sus aprendizajes?

Entender este proceso es vital para ser educadores, educadoras… no podemos pedirle peras al olmo y no podemos interpretar el comportamiento infantil desde la mente adulta, porque es diferente. Los motivos que esconden los comportamientos infantiles no tienen los mismos componentes que los adultos y, en la gran mayoría de los casos, están íntimamente ligados a una regulación emocional poco adaptativa. No son capaces de gestionar sus emociones y no son capaces de dejar de emocionarse. Este círculo puede romperse con medicación o con educación en inteligencia emocional, o con una combinación.

Medicar o enseñar y aprender a regular las emociones… está clara mi posición. Cuando te duele la cabeza y te tomas un Ibuprofeno, estás simplemente ocultando ese dolor. Cuando pasa su efecto, vuelve a doler, si la causa no ha desaparecido. Cuando tienes una contractura, pasa exactamente lo mismo y lo mismo ocurre cuando la causa es de índole emocional o psicológica. A veces puede resultar necesaria una combinación de tratamientos, en casos de gran discapacidad, en los que se hace necesario administrar una dosis justa para poder enseñar y aprender, pero sin este aprendizaje camuflamos un estado, nos disfrazamos.

De ahí la importancia que creo que tiene enseñar y aprender a regular las emociones, a dejar de positivizar unas y ponerle el adjetivo de “negativas” a otras. Cualquier emoción es adaptativa y desadaptativa, depende del contexto. Todas son necesarias.

Un contexto educativo propicia el aprendizaje en regulación emocional cuando permite que aparezcan las emociones en el proceso, tan necesarias para movilizar los demás recursos y, a la vez, enseña a regularlas. Desde casa, un estilo educativo democrático, positivo y constructivo, es el mejor modo de ayudar a nuestros hijos e hijas en el proceso. Desde el colegio, una perspectiva sistémica y procesos de enseñanza-aprendizaje de corte constructivista son la mejor forma de abarcar la diversidad. Familias y profesores/as son los grandes agentes educativos, remar en la misma dirección debe ser nuestra mayor meta.

A trote nace con esta meta, la de sumar y la de ayudar a alumnos y alumnas al óptimo desarrollo de su inteligencia ejecutiva, con base en la regulación emocional, que les permita afrontar con éxito los conflictos cotidianos y las situaciones que implican riesgos, a la vez que dejar en sus manos la decisión de ser ciudadanos responsables, hacerles sentir protagonistas en sus procesos. En una sociedad tan anti-todo es necesario más que nunca políticas pro-convivencia.

 

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