La comunicación con el profesorado

Familias

Comunicación con el profesorado

Es mejor cooperar

Este es un tema complicado, tratar la comunicación entre el profesorado y las familias, como si fueran dos fuerzas antagónicas, que una tira para un lado y la otra para el otro. Como persona que vive entre dos aguas, puedo decir que es mejor cooperar que enfrentar, sobre todo cuando hablamos de educación.

Con padres y profesor/a enfrentados, ¿quién gana? nadie y ¿quién se ve más perjudicado? El niño, la niña, el adolescente. Eso de echar balones fuera no es propio de educadores, Como es un tema tan delicado, creo que hay que decir lo que una opina, sin medias tintas ( no os enfadéis). Ahora explico en qué me baso.

Basamos nuestras ideas sobre el profesorado en mitos que poco tienen que ver con la realidad: “No hay vida como la del profesor”, “Mira cuántas vacaciones tiene”, “Aún se quejan, con la vidorra que pasan”… y, los profesores/as tampoco se quedan cortos “Es que se desentienden”, “Es que pasan de todo”, “Es que les consienten y después los tenemos que aguantar nosotros”…

Veamos qué tienen de verdad estas frases. A los profesores/as les pregunto ¿Cuántos alumnos y alumnas hay en el centro? ¿Cuántos padres hay que son conflictivos?. Y, a los padres y madres les pregunto ¿Cuántos profesores/as hay en el centro? ¿Cuántos son conflictivos?. Generalizamos por el ruido y por el malestar que causan unos pocos y metemos en un saco enorme a las otras personas que no son ni más ni menos que los otros grandes agentes educativos. Es ilógico y muy poco educativo.

Cuando un profesor, una profesora, habla sobre “los padres” en general, suelo preguntar ¿me incluyes? ¿te incluyes?, claro que no y, sin embargo, como padres que son la mayoría, hablan mal de todo un colectivo al que también pertenecen, no deja de asombrarme. Y cuando los padres hablan mal de los profesores/as también me siento muy aludida, no porque sea profesora, sino porque siento que es una de las profesiones más bellas, útiles, soñadoras y sacrificadas que se desempeñan en nuestra sociedad. Y no puedo evitar que me molesten estos comentarios, del mismo modo que me cuesta tolerar el corporativismo que algunas veces se observa en los centros educativos, por eso mismo, por el profundo respeto que siento a la profesión de profesor/a, de maestr@. No me gusta ver cómo una sola persona desprestigia a una profesión bajo el manto del corporativismo.

Os voy a contar una experiencia personal (en los talleres para familias nos encanta hablar de nuestros hijos, ejemplificarlo todo, a mi también y ahora mismo me apetece hacerlo, pasad este párrafo si os parece evitable). Hace muy poco tiempo fui, el mismo día, acompañando a una madre a hablar con dos maestras de un centro de primaria. Una me conocía (le había dado clase a mi hijo desde preescolar hasta 6º de EP), la otra no (era nueva en el centro). El recibimiento fue ya muy diferente. La primera me vio y ya nos pusimos a trabajar, ya me dijo todo en lo que la niña fallaba, yo le di mi impresión sobre la niña, a la que conozco muy bien, eligió minuciosamente un material para trabajar con ella (nueva en el centro y sin base alguna en esa materia), tuvo la paciencia de explicármelo y ambas nos pusimos manos a la obra. La segunda, que no me conocía, nos recibió con cierto distanciamiento, con cierto miedo, podría decir, pero pronto todo ese muro se cayó, comenzó a decirme en qué cosas fallaba, yo le comenté otras dificultades que sólo se ven cuando trabajas de forma individualizada con una niña y diseñamos tanto un plan como una forma de comunicarnos. Había suspendido ambas asignaturas, pero no hablamos de la nota, hablamos de la niña. El resultado fue asombroso, porque todos los ingredientes estaban sobre la mesa, una niña con muchísimas ganas, con interés, a la que no le importa tener que trabajar, unas profesoras que siguen de cerca sus progresos, porque saben en qué fijarse y un apoyo individualizado para superar esa dificultad que supone un cambio de centro. Ese apoyo fue de 2 horitas semanales, sin agobios, así que me considero la persona que menos ha tenido que ver en ese asombroso avance. Lo que es mejor, las notas han mejorado, mucho además, pero eso no es lo más importante, ese nunca fue el objetivo, las notas son el reflejo de una gran multitud de factores, son sólo su premio, pero ya nos encargaríamos su madre y yo de premiarla igualmente en caso de que suspendiese, eso no es lo importante. Lo realmente importante es que la niña iba ya sin miedo a hacer esos exámenes, se sentía más segura y… lo mejor, dos asignaturas que odiaba literalmente empezaron a gustarle. Y esto se consiguió con la base de una buena comunicación.

Así que pongámonos a ello, dejemos nuestras posiciones enfrentadas, tan poco educativas, tan nocivas para la convivencia y cooperemos, colaboremos, participemos, dejemos a nuestros hij@s con la alegría y la confianza de saber que les estamos dejando en buenas manos y… démosle prestigio a los profesores y profesoras, porque ellos, ellas son la base del éxito de nuestro sistema educativo, son nuestro futuro como sociedad, su responsabilidad es tan inmensamente grande que agradezco enormemente su labor diaria y nunca me parecerá que está lo suficientemente bien pagada. En mi caso, siempre fueron mis aliados, mis amig@s incluso. Cuando lo vives de esta forma, de verdad os digo, que todo se ve diferente y que en la mayoría de los casos, la apatía de algunos de los profesores no es más que el reflejo de la nuestra.

Siento enormemente este alegato en defensa de profesores y de padres, creo que es hora ya de dejar la lucha y colocarnos en un mismo bando.

 

 

 

Estilo de comunicación asertivo

 

Para comenzar el tema tan delicado e importante de la comunicación debemos presentar los 3 estilos de comportamiento que toda persona pone en marcha a la hora de comunicarse. Estos estilos no son propios de cada persona, escogemos uno de ellos para nuestros actos comunicativos, para comportarnos.

El estilo de comportamiento agresivo es el que usamos cuando sólo nos preocupa defender nuestros intereses, no nos importan los intereses ni los sentimientos de los demás. Usamos un lenguaje verbal y no verbal áspero, cortante, a la defensiva si la otra persona adopta el mismo estilo que nosotros o hiriente cuando la persona con la que nos comunicamos adopta un estilo pasivo.

El estilo de comportamiento pasivo es el que elegimos cuando nos amedrentamos, cuando nuestros intereses, nuestros sentimientos quedan por debajo de los de la otra persona. Agachamos la cabeza, nos encorvamos, casi no hablamos, sólo esperamos a que caiga ese chaparrón, nuestro tono de voz es muy bajo, no miramos a la cara de la otra persona, nos empequeñecemos.

El estilo de comportamiento asertivo es el que ponemos en funcionamiento cuando aprendemos a gestionar nuestras emociones. Es muy distinto gestionar que ocultar. Una persona, cuando se comporta de forma asertiva, acepta sus emociones y las comunica, mientras observa y cuida las emociones que genera en la otra persona. Una persona se comunica de forma asertiva cuando no deja de defender sus intereses, de cuidar sus emociones, pero también respeta y se esfuerza por comprender los intereses y las emociones de los demás.

No hay personas agresivas, pasivas o asertivas, todos y cada uno de nosotros elegimos un estilo dependiendo de la situación, como mucho del contexto. A veces nos sorprende ver como una persona que se muestra agresiva con nosotros es pasiva con su jefe o con su familia.

¿Cómo podemos frenar un discurso agresivo?

Con más agresividad parece que no, ambos subiríais a una escalera mecánica que no se para, que desemboca en el campo de batalla, como mucho uno de vosotros se bajaría antes, pero caería desde más alto, el daño que causa cualquier tipo de violencia es muy elevado y, además, prolongado, no se nos olvida tan facilmente. Aunque tengamos la falsa idea de haber “ganado”, la guerra ha comenzado, sólo ha sido una batalla.

Con pasividad el discurso agresivo tampoco se para, continúa hasta que la otra persona ha descargado toda su frustración en nosotros, que sólo deseamos que ese momento acabe, que la tierra se abra bajo nuestros pies y nos engulla. La pasividad no es positiva para nosotros mismos ni para la otra persona, que se va con una falsa idea de poder, sabe que puede hacernos daño, que se lo consentimos. En este caso no subimos los dos de forma voluntaria a la escalera mecánica, a uno se le coge de muy malos modos y se le tira cuando ya, por fin, se cansa.

Con asertividad sí se para un discurso agresivo. Sólo con decir “Veo que estás enfadad@, ¿en qué te he molestado?” ya estás bajando un escalón, tu tono de voz es adecuado, le ves a la cara, ni le tienes miedo ni sientes rabia, estás tranquilo, relajado, dispuesto a hablar y, lo más importante, a escuchar, le muestras interés por sus emociones, por lo que te dice, te aseguras, resumiendo su discurso, de que has entendido bien sus argumentos para estar enfadado y una vez has prestado atención y te has interesado, expones tus intereses, tus opiniones al respecto, cómo te sientes cuando te dice esas cosas sobre una de las personas que más quieres… y se acaba el muro, se acaba la incomprensión, ya os podéis poner a trabajar como un equipo.

¿Cómo podemos frenar nuestro impulso a escoger un discurso agresivo?

Con asertividad, aceptando nuestro enfado, comunicándolo de forma expresa. De mil formas, cada cual a su estilo, un ejemplo sería “Espera un momento, por favor, lo que dices me está enfadando bastante, estás hablando de una de las personas a la que más quiero y me está haciendo daño lo que estás diciendo. Si te he entendido bien, me dices que mi hijo se porta de forma chulesca en clase. Desde luego eso a mi tampoco me gusta, pero no me encaja con lo que yo veo en casa. ¿Podrías darme algún ejemplo de este comportamiento? Así puedo sentarme y hablar con él”. Ya estamos en el mismo barco.

Ser padre, ser madre, nos hace conocer a nuestros hij@s, por supuesto, pero en nuestro contexto y no es que nuestro hij@ nos engañe, no. Nosotros también nos comportamos de forma diferente según el contexto en el que estemos, en casa somos de una forma, en el trabajo de otra, con nuestros amigos, con conocidos, nos adaptamos al contexto, así es nuestra naturaleza. Puede suceder que una persona se comporte de forma diferente en otro contexto, es normal.

Y, también puede suceder que la imagen que proyecta una persona encaje con algún estereotipo de la persona que observa e inmediatamente le tache de “maleducado”, “chulito”, “princesita”…

Para saber en qué caso estamos, lo mejor es pedir ejemplos de ese comportamiento que dicen que tiene. Tú no puedes, como madre, como padre decirle a tu hij@ que ES un “chulit@”, primero porque un comportamiento NO te define y, segundo, porque no tienes pruebas de ello. Este es un error, un sesgo en el que los profesores/as caen de forma frecuente y es totalmente entendible, además. Son muchos alumnos en clase y en un principio sólo pueden atender al que sobresale, ven a cada uno en su “máximo esplendor”. En la primera reunión es normal que le etiqueten, es lo que les ha dado tiempo a hacer. Si le pides que te digan un comportamiento que justifique esa etiqueta a veces te piden tiempo, se lo das y, cuando vuelves, a veces sucede que aceptan que se han equivocado, otras te dan ejemplos y tú, con ellos, puedes sentarte y hablar con tu hij@.

Es importante distinguir ambos contextos, en el colegio ya tiene las consecuencias de su comportamiento y en casa, las de casa. Castigar en casa como primera medida no tiene mucho sentido, sentarnos, hablar con él/ella, explicarles lo que nos ha sorprendido eso que nos ha contado su profesor/a, pedirle su opinión, qué piensa hacer… es educar. Ni la letra con sangre entra ni voy a defender a mi hij@ a muerte, existe un término medio, el de voy a prepararle, voy a enseñarle a ser él mismo, ella misma, en todo contexto, en todo lugar.

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