El día de la no violencia hacia la mujer conmemora un suceso trágico, fruto del intento de instrumentalización de la mujer, y de la más dura expresión de la dominación, ocurrido en 1960 en la República Dominicana, causante de la muerte de tres hermanas, mujeres cultas y de alto estatus social, opositoras al régimen instaurado en ese país y del que era su chófer. Dos de ellas eran firmes opositoras que volvían de una visita a la cárcel para ver a sus parejas, presos por las mismas razones por las que ellas fueron liberadas. Anteriormente, en otras ocasiones, fueran encarceladas y violentadas física, psicológica y sexualmente por un régimen que castigó con mucha más saña a estas mujeres, al no sucumbir a la violencia que llevaban sufriendo durante años. Su mayor crimen fue no amedrentarse, no sucumbir, salir de cada arresto con el pensamiento de que no podían dejar de hacer frente a un régimen tan violento.

Esta parte de nuestra historia se repite en la actualidad, las mujeres siguen considerándose instrumentos para las guerras y para las dinámicas de mantenimiento del poder, tanto a nivel social como intergrupal e interpersonal. Y seguimos siendo duramente castigadas cuando nos apartamos de lo que, por norma social, nos “correspondería” hacer como mujeres que somos.

¿Cuál es el panorama actual?

Hoy por hoy las cifras que se recogen de los diferentes estudios sobre la violencia machista reflejan una problemática que está instaurada en nuestra sociedad, es sistémica.

Cuando una problemática social es sistémica, es reflejo de los esquemas de pensamiento de una sociedad. Mientras las personas adultas no modifiquemos nuestros propios esquemas, las siguientes generaciones seguirán siendo educadas en el machismo y lo perpetuarán, a no ser que realicen un ajuste en sus sistemas de pensamiento y pongan a prueba la teoría feminista: las diferencias por género sólo existen en las mentes de las personas.

¿Qué oportunidades estamos desperdiciando?

El tratamiento que le damos al concepto de violencia de género provoca que se considere violencia sólo los casos extremos que cumplan ciertas características, como el hecho de consumar el asesinato y que éste sea provocado por una pareja o ex-pareja.

Las intervenciones que se llevan a cabo en los centros educativos intentan transmitir rechazo y miedo, al más puro estilo del condicionamiento clásico, no invitan a llevar a cabo un pensamiento crítico acerca de por qué se mantiene esta violencia, qué podemos hacer nosotras/os para evitar que se perpetúe. Abrir debates bajo el reconocimiento de que no somos machistas, pero tenemos esquemas mentales que sí lo son y que podemos cambiar, es básico como punto de partida para erradicar la violencia de género.

La distancia es necesaria para trabajar nuestros esquemas de pensamiento, para cambiarlos, pero es contraproducente cuando nos vemos sin recursos y muy lejos del problema. Pensaremos que eso no nos va a pasar a nosotras, que a eso nosotros no llegaremos. Y, tras el shock momentáneo que nos ha provocado la charla, saldremos con nuestros esquemas mentales tal y como han entrado.

¿El machismo sólo puede destruirse desde las escuelas?

No sólo desde las escuelas, también desde los lugares de trabajo, desde los medios de comunicación, desde las expresiones artísticas y, sobre todo, desde casa. Somos las madres y padres quienes tenemos que trabajar nuestros esquemas mentales para modificar nuestros actos y decisiones acerca de lo que esperamos que sean nuestros hijos e hijas en función de su género, modificar nuestros roles en casa y romper con una educación que, desde que nacemos, nos clasifica, escoge, toma decisiones y juzga sólo por el hecho de tener un pene o tener una vulva. Esta es la verdadera prevención de la violencia de género, enseñar por modelado, sentar las bases de una educación igualitaria, sin rosas, sin azules, sin pendientes, sin juguetes diferenciados, sin ocio diferenciado, sin tareas diferenciadas… dejando que cada persona encuentre sus intereses y los lugares y situaciones en las que sienta que sus capacidades son valoradas. La escuela en edades de infantil y de primaria ha de ir a la par, de ahí la importancia de remar en una misma dirección. Porque educar en igualdad no es adoctrinar, es educar en libertad.

Ya en Secundaria lo que sí podemos hacer es enseñar cómo pensar de forma crítica, debatir acerca de hasta dónde llegan nuestros estereotipos por razones de género, presentar situaciones para hacernos conscientes a todas y todos de su existencia, en un clima inclusivo de toda diversidad sexual.

El machismo y el feminismo en la adolescencia

Las chicas adolescentes expresan su feminismo como un momento de reseteo de su cerebro. De repente se ven en una sociedad machista, con una amplísima variedad de datos que indican que las formas de violencia hacia la mujer se perpetúan y se magnifican. Los cuentos, las películas, los juegos, la ropa, las canciones… todo lo que les encantaba empieza a parecerles machista.

En las conversaciones entre chicas adolescentes feministas descubren que ninguna se ha salvado de la violencia machista (en mayor o en menor medida) y, lo que es peor, descubren que ellas mismas tienen esquemas de pensamiento que son machistas, que se esfuerzan en esconder bajo el manto del feminismo y con comportamientos que atacan al género masculino. No permiten que chicos se consideren feministas, son “aliados del feminismo” y las chicas tampoco son machistas, son “aliadas del machismo”.

Esta subcategorización también ha sido estudiada en Psicología, Para lo que sirve es para proteger nuestro esquema de pensamiento. Cuando algo no encaja, le abrimos una subcategoría. Como proceso, está mucho más que bien, se puede considerar necesario, imprescindible, diría, pero esta no es la meta final del feminismo. La meta final es la igualdad.

Esta “marginación” feminista es difícil de aceptar por los chicos que quieren comenzar a romper con sus esquemas machistas. Se sienten en tierra de nadie. Ni soportan ni quieren soportar las actitudes y comportamientos machistas de sus “colegas” ni encuentran su espacio entre las chicas que son feministas, que recriminan su forma de luchar contra el machismo. En esa lucha que tienen por su inclusión, sin siquiera darse cuenta, exigen un espacio que no les corresponde, su objetivo ha de ser el garantizar los espacios para que las mujeres puedan, sin miedo, ir empoderándose cada vez más. Esta es la verdadera lucha feminista de los hombres. Para llegar a la igualdad, ambos sexos debemos tener acceso a los mismos espacios y esto sólo se consigue si los hombres feministas ceden parte del suyo, en todos los aspectos, así es como un hombre puede mostrar su feminismo. Han de apoyarnos en nuestra conquista, pero no ir ocupando esos espacios con nosotras. Sólo han de acompañarnos, empoderándonos para hacerlo.

Llegar a estas conclusiones es fruto de todo un proceso en el que tanto los hombres como las mujeres feministas debemos ir trabajando nuestros propios esquemas machistas, porque una mujer feminista tiene esquemas machistas. Yo tengo esquemas machistas. Yo interpreto en primer término la realidad usando estos esquemas, cada día que pasa. Reconocer su existencia es lo que en mayor medida es el feminismo, ahí está nuestro mayor trabajo. Todos, todas, tenemos esquemas machistas, que tenemos que pararnos a desmontar para que no se exterioricen, viendo como vamos consiguiendo nuestros logros (hay realidades que ya directamente nos chirrían y nos hacen saltar las alarmas) y como nos sorprendemos interpretando de forma machista otros sucesos chocantes o novedosos.

Desde la óptica de la prevención secundaria, en los centros educativos, nuestro discurso tiene que cambiar, debe cambiar. Nuestras metas como personas adultas son sólo nuestras, las problemáticas adultas no son las mismas que en la infancia ni en la adolescencia. Para prevenir, debemos modificar sus esquemas y para ello debemos ajustar nuestra intervención a sus problemáticas, no a las nuestras.

En la adolescencia ya hemos perdido la oportunidad de intervenir a nivel primario. El machismo ya es evidente. Es el momento de poner en tela de juicio los esquemas que rigen nuestra interpretación de la realidad, si queremos evitar una intervención a nivel ya terciario.

¿Cómo interpretamos la realidad?

Interpretamos la realidad con una finalidad clara: protegernos. En la medida en la que seamos capaces de distanciarnos de una realidad que puede hacernos daño, viviremos más felices, menos preocupadas/os.

Para interpretar la realidad buscamos atribuir lo que vemos a unas causas… atentas, atentos para seleccionar aquellos datos de la situación que son congruentes con nuestros esquemas previos y sin dar tanta importancia, o simplemente obviando los datos contrarios a nuestras premisas, buscando evitar lo que Festinger conceptualizó como “disonancia cognitiva”, un momento que no es placentero, ya que daña a tu autoconcepto, a tu imagen, a lo que tú esperas de ti misma/o y a lo que proyectas fuera. Dependerá de los recursos con los que cuentes y de tus experiencias previas que salgas de ese momento con cambios en tus esquemas cognitivos o tal y como entraste.

Todas las personas tenemos nuestro propio estilo atribucional para encontrar los motivos que hay detrás de cada suceso que observamos y de cada éxito o fracaso que vivimos. Sólo cuando conocemos en profundidad un campo concreto, las variables y su correlación, nos sentimos con recursos para realizar atribuciones más “científicas”.

Martiko y Thomsom (1998) sintetizaron dos de los modelos de atribuciones más estudiados y comprobados dentro del campo de la Psicología, el de Kelley (para atribuir causas a sucesos no ocurridos en primera persona) y parte del de Weiner (para atribuir causas a los éxitos y fracasos propios).  Aquí os dejo una imagen que aplica esta teoría a la interpretación de un suceso de violencia machista cualquiera:

Si el objetivo de nuestros procesos atribucionales es el de protegernos, sólo tenemos dos salidas: minimizar el suceso que hemos vivido/visto o culpabilizar a la víctima de ese suceso (si le ha ocurrido a otra persona). Para ello utilizaremos todas nuestras creencias, lo que se nos ha transmitido mediante cultura social y todas las normas sociales, todo para concluir “eso a mi no me sucedería”.

Este modo de atribución se exterioriza en “Es que siempre está provocando”, “Es que hoy se pasó todo el tiempo hablando con otro”, “Es que no le contestó al teléfono ayer durante todo el día”, “Es que ayer salió sola”, “Normal, todo el día calentándolos…”, “Es que hay que ver como se viste”, “Es que no se puede ser tan facilona”, “Se lo estaba buscando”, “No sé cómo tuvo tanta paciencia”, “Es que ella se pasa un montón con él”, “Es que a él le gusta demasiado”, “Es que sale mucho”, “Es que no se puede ir así por la vida”, “Se hartó y es normal”, “Algo le haría”, “Mira que es raro que se comporte así”, “Pero si él la adora, ¿qué habrá pasado?”, “Son cosas de ellos”, “Pobre chico, a saber qué le haría”, “Ya todos dicen que es una chica muy fácil”, “Boh! Pero si se enrolló con media clase”, “Es que le estaba intentando dejar en ridículo”…

Si la chica no encajara en nuestro esquema de “chica fácil”, pues ya empezamos a pensar en que quizás algo le ha ocurrido al chico, entonces nos preocupamos mucho en preguntarle a la chica “qué le ha hecho”, buscando esos motivos con los que distanciarnos y mantenernos a salvo. Si no se encuentran, entonces ya aceptaremos cualquier excusa del chico sobre algo que le ha pasado, aunque sea errático y muy poco consistente, todo para concluir que no volverá a suceder, que estamos a salvo.

Pero… ¿Y si se repite? ¿Y si ya no sólo se expresa hacia una sola chica? Pues aquí dependerá de hacia quién se expresa esa violencia machista; si es hacia su pareja y otras chicas, será un machista y ella tonta por aguantarlo; si es hacia chicas de las que todos opinan que son “fáciles” seguiremos manteniéndonos a salvo, ni siquiera tendremos que identificarlo como machista para ello. Ahora bien, si la violencia machista le toca a una de las “nuestras”… ¿qué haremos? ¿lo descubriremos? ¿lo ocultaremos por el miedo a las consecuencias a nivel personal, familiar y social?.

Es cruel la violencia machista y es cruel la forma en la que actúan nuestros esquemas mentales y los procedimientos que activamos para atribuir causas a un suceso. Y lo más triste es que sólo en el caso 4, cuando pensamos que ella no se lo merecía, que nadie se mete con ella y que él es así con todas, estaremos dispuestos/as con una probabilidad elevada a ofrecerle nuestro apoyo y ayuda, en los demás casos, si ella no se lo busca, pero consideramos que son “líos de pareja” o fue un hecho puntual, dependerá de nuestra relación con ella o de nuestro grado de empatía… Si la consideramos “fácil”, difícilmente nos acercaremos para ofrecerle ayuda.

Estos esquemas mentales deben romperse para acabar con la violencia machista y para ello el primer paso es hacernos conscientes de que los tenemos y de que están influidos por unas creencias y normas sociales que no son igualitarias y que necesitamos modificar. Si crees que viviendo de acuerdo a las normas sociales y a las creencias culturales estás a salvo, estás profundamente equivocada.

Cuando atribuyes al azar la violencia machista estás perdiendo el control de la situación; cuando lo atribuyes a conductas peligrosas por parte de la víctima, estás aceptando el miedo como forma de vida… esto es lo que más perpetúa la violencia machista, sólo te sentirás a salvo con un hombre que te proteja, te seguirás culpabilizando de sus reacciones machistas y buscarás, sin éxito, ser la mujer ideal, perfecta.

Y educarás a tus hijas para que sean todavía mejor que tú, perpetuarás el machismo.

¿Cómo intervenimos en la adolescencia?

Sin un trabajo previo de autoconocimiento, es poco eficaz presentar modelos de mujeres que han sido mal-tratadas sólo por sus parejas. Ellas las han elegido. Nosotros no se lo haremos a nuestra pareja. Nosotras no eligiremos a una persona así. Disonancia superada sin cambio alguno en el esquema de pensamiento.

Este tipo de modelos sólo son eficaces para la prevención terciaria, aquella en la que la problemática ya está presente. Funciona con los grupos de personas que comparten una situación dolorosa y de difícil afrontamiento, porque se sienten en un entorno protector y que les entiende. Pero no son eficaces como prevención secundaria, cuando el machismo con el que creamos nuestros esquemas mentales se asoma en nuestras atribuciones y en nuestras decisiones de ayudar o mantenernos al margen.

La violencia de género, además, no sólo ocurre en el ámbito de la pareja, también existen muchos más casos de violaciones hacia mujeres que hacia hombres y existen otras formas de expresión mucho más “sutiles” de la violencia machista. La violencia hacia la pareja se nutre y necesita de esas otras formas de violencia machista.

La violencia extrema se explica en Psicología mediante la escalada de violencia y mediante la espiral del silencio. La primera de las escaladas, depende de la reacción del otro con el que tienes el conflicto, si responde con agresividad a tu agresividad, iréis ambos escalando posiciones hasta llegar a la violencia física o a admitir que el otro ha ganado. La espiral del silencio es la que va dando más cancha al agresor, que interpreta el silencio como una evaluación favorable a su violencia por parte de los demás (o de su propia pareja) y va escalando posiciones.

Si conocemos el proceso por el que chicas y chicos adolescentes con inquietudes igualitarias (feministas) llegan a la necesidad de modificar sus esquemas mentales machistas, tenemos el camino para intervenir a nivel secundario en los centros educativos. El aprendizaje de la Igualdad se alcanza del mismo modo que alcanzamos cualquier otro aprendizaje, siguiendo las pautas de cómo promover un aprendizaje con significado. Para ello, debemos partir de las vivencias de a quien enseñamos, de su línea base y presentar un material bien estructurado, atractivo para ellos y para ellas y que sea de su interés. Los esquemas machistas están en mentes de hombres y de mujeres, modificarlos es la única forma de llegar a la igualdad, el propósito del feminismo.

Contar con estas chicas y estos chicos para elaborar materiales puede ser la mejor de nuestras opciones, ya que nadie mejor para adaptar conceptos y teorías psicológicas a su realidad y al mismo tiempo paliar esa implacabilidad que tanto se exterioriza en la adolescencia y que muchas veces nos aleja de nuestros propósitos. Alumnas feministas y sus aliados han de contar con espacios, orientación, apoyo y recursos para colaborar en el diseño y puesta en práctica de planes de acción anuales, no sólo centrados en el 25 de Noviembre o en el 8 de marzo. Ellas, ellos, mejor que nadie conocen su problemática, el nivel de exteriorización del machismo en nuestras aulas. Orientarlas, orientarles en cómo intervenir es una de las más poderosas herramientas con las que podemos contar.

Cuando juzgamos con dureza extrema un micromachismo, perdemos la oportunidad de que la otra persona modifique su esquema, esforcémonos en desmontar el esquema que le lleva a actuar así. Sólo así haremos una verdadera intervención a nivel secundario.

Hasta la semana que viene!!

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